martes, 17 de agosto de 2010

Felix, Dina, y las ruinas de Macro

A veces el viaje se pone muy, muy cuesta arriba. La tripa que no termina de estar bien, el tiempo estando fuera que pesa como una losa, ampollas en los pies... hasta se me quema la calva por haber perdido el gorro!

Pero entonces aparece San Macuto, patron de los viajeros mochileros, y te regala un dia fabuloso.

A pesar de mi estado no queria irme de Tingo, el pueblo desde el que accedi a las ruinas de Kuelab (una ciudadela pre-inca, fascinante), sin haber recorrido un poco el fondo del valle, con ese rio tan caudaloso de color chocolate por las recientes lluvias, y acercarme a las ruinas de Macro, un poblado que domina ese rio desde el costado de un cerro.

Para llegar alli hay que cruzar el rio con una oroya (RAE: Del quechua oroya, cable con plataforma corrediza para pasar ríos). Ya solo eso sonaba interesante.

Alli está Felix, el hombre que la maneja, y Dina, su sobrina. Han construido un pequeño chiringuito circular junto al rio, muy acogedor, un simple banco circular bajo un techado, con esteras de colores, plantas y restos de fosiles que encuentran en el rio. Como no hay prisa nos sentamos a charlar, mientras Felix termina de arreglar algo en una moto vieja.

Felix tiene como 55 o 60 años, la piel curtida, e irradia esa sabiduria popular de los que llevan toda la vida trabajando en el campo, e intentando salir adelante. Dina tiene unos 50 y es muy locuaz y simpática. Transmiten honradez y felicidad. Charlamos. Dina me ofrece coco, buenisimo, cuanto tiempo sin tomar uno!

Y seguimos charlando, que si sobre unos curas católicos españoles que habia en el pueblo, y como se llevaban bien aunque ellos son adventistas del 7º dia; o sobre los espeleologos catalanes con los que él estuvo explorando una cueva cercana, muy interesante. Como pasa el tiempo cuando estás a gusto.

Por fin cruzamos al otro lado, por el módico precio de “la voluntad”. Nada más llegar al otro lado coge su machete, y nos ponemos en marcha, él mismo me enseñará las ruinas. Luego me enteraré de que él fue el que abrió el actual camino y acompañó a los arqueólogos.

Pero antes nos acercamos a una pequeña casa que tienen alli. Me enseña un antiguo exprimidor de caña de madera, riete tú de esos aparatos modernos de los puestos de jugos, este debe tener 100 años.

Y empezamos el camino, hablando de cómo pueden haber ido a parar a las rocas las conchas marinas, o de los cultivos, de cómo ahora están empezando a cultivar tara, una planta de la que se extraen hasta 7 productos distintos, y que no crece en cualquier parte.

Y con permiso de mis ampollas en los pies, llegamos a las primeras ruinas. Macro significa cerro torcido en quechua, en referencia a la curva tan pronunciada que da el rio justo allí. Son restos de ¿casas? semicirculares, de piedra muy bien trabajada, agrupados en niveles. Ahora entiendo el porque del machete, para abrirse paso y para quitar la maleza que va creciendo entre las piedras, que termina abriendolas y acelerando el deterioro de las ruinas.

El sitio es interesante, pero lo es todavia más por lo que tiene de explorar un sitio aún a medio descubrir (vale, quien no ha querido sentirse un poco Indiana Jones alguna vez?). Y hacerlo de la mano de Félix es todo un lujo, conoce cientos de historias del lugar.

Desde los niveles superiores se accede por unas escaleras y una pequeña trepada a las cuevas-tunel que hay en la pared superior. Allí es donde enterraban a sus muertos, y aún se encuentran restos de huesos amontonados. La mayoria son pequeños y podrian ser de animales, pero uno es claramente un femur humano. Solo se visitan dos cuevas, pero hay bastantes más; alguna de ellas se dice que incluso cruzan la montaña hasta el otro lado, pero aún no han encontrado cual.

Y de ahí vuelta a la oroya, a cruzar el rio, y a por un refresco de los que Dina guarda bien fresquitos en el rio.

Ojala puedan sacar adelante sus proyectos, como el de unir en una excursión de un dia las ruinas de Macro, otras dos cercanas, y la visita a la cueva de los espeleólogos, y que así vayan algunos turistas más por allí. Félix, Dina, gracias por devolverme al viaje. ¡Mucha suerte!

El valle, con las ruinas de Macro arriba a la derecha.

La antigua moledora de caña.

Felix y las ruinas.


Restos de huesos en las cuevas.

La oroya de Felix.


Hasta otra!

5 comentarios:

  1. :-)
    Lo primero....estás negro!!
    Lo segundo....como molan esas vivencias únicas en los viajes, esas que por sí solas hacen que los viajes merezcan la pena.
    Lo tercero....tú perder la gorra? Noooo! Eso es imposible!!! :-D

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  2. Antonio, no es por ignorar tus asuntos de tripa, pero mi impresion viendo la foto con tus amigos Felix y Dina es que tienes un aspecto estupendo.

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  3. Pareces todo un antropólogo!!!! En pleno estudio de campo.

    monica

    p.d. ¿Aún no has aprendido a tejerte una gorra con las fibras de las hojas de algún árbol de por ahí?!!!

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  4. Ey, me ha gustado mucho esta historia. Por cierto, aunque las ampollas y las otras molestias no sean visibles...tienes muy buen aspecto!!

    Alá, pues a seguir dándonos envidia titi.

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  5. Pues sí, coincido en que se te ve muy bien y en que estas historias tan llenas de vivencias con la gente de allí son las que hacen que mis viajes sean simplemente geniales o directamente espectaculares e inolvidables.

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